Asociación Regiomontana de Psicoanálisis A.C.

Los trastornos del carácter sobre una perspectiva psicoanalítica integral

La primera impresión afectivo-cognitiva que tiene un estudiante serio del psicoanálisis

cuando trata de aplicar los supuestos básicos de la teoría es la diversidad de enfoques teóricos

que se utilizan en el modelo de la mente psicoanalítico. Algunos aparecen claramente divergentes

con una postura autoritaria, competitiva y en ocasiones inconciliable entre los autores que las

defienden. Frente a esta experiencia, ¿qué hacer? En ocasiones no queda más remedio que seguir

la línea que por genealogía formativa o por identificación con sus analistas o supervisores ha

recibido el alumno en su entrenamiento.

El candidato tiene una identidad previa firmemente establecida, dado que proviene de

disciplinas “duras” como la medicina y la psicología académica (Núñez, 1985; Gisbert, 1989); no

obstante, la observación es la misma; se encuentra frente a un complejo sistema teórico, que

es no organizado, confuso, contradictorio, sin delimitación jerárquica clara entre los conceptos

de diferente nivel de abstracción y desafiante (Hobson, 1987); por lo cual el clínico tiene que

sortear entre diferentes posturas o “escoger del buffet” lo que más se aplique a sus hallazgos en

sus pacientes o en el psicoanálisis aplicado; esto obviamente afecta la posibilidad de lograr una

identidad analítica firme.

¿Cómo entender el material de sus pacientes?, ¿qué hipótesis psicodinámicas utilizar

como guía para su refutación-comprobación? y lo más importante, ¿en qué teoría basarse para

interpretar? ¿En la ortodoxia Freudiana, en la Kleiniana, en el grupo intermedio de Fairban,

Winnicott o Balint, como analista del Yo, siguiendo a Kernberg, Kohut, Lacan o Fromm? O bien,

decide en un desesperado afán “ensaladezco complaciente”, usar un ingrediente de cada autor

dependiendo de sus preferencias en una situación clínica, aplicación psicoanalítica al arte,

literatura o cultura en general (Freud, S., 1979; Klein, 1964; Fairbarn, 1970; Winnicott, 1958;

Guntrip, 1971; Balint, 1982; Hartmann, 1964; Kernberg, 1979; Kohut, 1986; Lacan, 1975; Fromm,

Este trabajo es una versión resumida de otro más amplio (Núñez, 1989) en el que

se revisan puntos críticos de la literatura psicoanalítica con el fin de contemplar una posible

integración de la teoría psicoanalítica; lo cual podría llevarnos a formar un esquema general,

maduro e integrativo, no competitivo ni reduccionista, con el fin de ayudar a “tratar” “esta

enfermedad epistemológica” que padece el psicoanálisis: el problema de decidir entre un modelo

de la mente preconizado por un autor o grupo, o el de seguir una perspectiva integral que englobe

y trascienda las diversas posturas, ya que cada una de éstas tiene en la práctica clínica su parte de

verdad científica (Noy, 1977).

Con este objetivo en mente y siguiendo los esquemas derivados de la teoría general

de sistemas, el modelo biopsicosocial y la teoría de relaciones objetales y sus aplicaciones; el

diagnóstico integral y la escala de análisis psicoestructural; se propone esta primera aproximación

al problema enunciando las bases elementales para organizarlo. Al final se ejemplifica con algunos

casos clínicos de trastornos del carácter para ver su utilidad.

PUNTOS CRÍTICOS DE LA LITERATURA PSICOANALÍTICA

1. EPISTEMOLOGÍA PSICOANALÍTICA

El primer expediente a tramitar es de gran actualidad; se refiere al estatus del psicoanálisis

como ciencia. Unos autores piensan que las bases epistémicas del psicoanálisis están dadas en

Freud (1980), (Laurent-Asoun, 1982; Holt, 1973); Bunge (1985) desde el polo del empirismo lógico

discurre negativamente y coloca al psicoanálisis en el grupo de las pseudociencias; asimismo

Grunbaum (1985) hace una crítica filosófica, basándose en el “argumento de coincidencia”,

es decir, la correspondencia entre significado y psicopatología; pero Spruiell (1987) critica a

Grunbaum y ubica al psicoanálisis dentro de las ciencias contemporáneas; Wallerstein (1971,

1986) destaca sus bases eminentemente clínicas y se orienta hacia la investigación empírica como

una necesidad apremiante si queremos una ciencia en desarrollo.

Una postura similar a la anterior se encuentra en México en Kolteniuk (1976), Tubert

(1985), Santamaría (1978) y Solís (1989). Recientemente Garza-Guerrero (1989), basándose

en Kernberg (1979) y Wallerstein (1973), insiste en que el problema principal radica en el uso

indiscriminado de conceptos que tienen diferentes niveles de inferencia, como se observa en

la confusión prevaleciente entre eventos clínicos que son fenomenológicos o experienciales

y los psicoestructurales que son no-experienciales; por ejemplo, los rasgos del carácter

son experienciales, observables, clínicos; y las instancias psíquicas que subyacen son no-

experienciales, son conceptos. Esto es de gran ayuda para no caer en el problema de la

reificación, que significa darle “vida” a un concepto. Mucha de la polémica sobre el instinto de

muerte se resolvería tomando esto en cuenta, el asunto no es si existe un instinto de muerte,

sino que el concepto tenga utilidad o no para entender la agresión y sus derivados. Finalmente,

insiste este último autor, con lo cual yo concuerdo, en el poder explicativo del punto de vista

psicoestructural ya que integra a lo dinámico, lo económico y lo epigenético (Boesky, 1988).

2. TEORÍAS DEL DESARROLLO

Tres importantes áreas se observan al estudiar desarrollo. La primera es la confusión

frecuente entre las vicisitudes de desarrollo normal y patológico en las interpretaciones

psicopatogénicas de los pacientes (Kernberg, 1979; Garza-Guerrero, 1989). La segunda, es la

no diferenciación entre modelos de desarrollo lineal, que usa explicaciones reduccionistas y en

ocasiones simplistas; por ejemplo, toda la psicopatología tiene como base la no superación de

la posición esquizo-paranoide o la parte psicótica de la personalidad y por otro lado, el punto de

vista epigenético (Erickson, 1959; Hartman, 1964) en donde la formación de estructuras mentales

patológicas es el resultado de múltiples influencias biológicas y psicosociales en un complejo

sistema que no puede ser reducido a la explicación unitaria de eventos tempranos, por ejemplo, la

tendencia reciente a estudiar eventos de la adultez o senectud por sí mismos y no como fijaciones

a puntos de la infancia o integrándolos a éstos.

En tercer lugar, está la discusión sobre la patología resultante de un defecto versus un

conflicto, como en los trabajos de Balint (1982) quien recomienda para el manejo de la falta básica

que el analista se ofrezca como un objeto real para que a través de la regresión terapéutica se

llegue a un “nuevo comienzo”; sin embargo, no se puede volver a la “casa original” nunca más

dado que todo síntoma o rasgo del carácter es una formación compleja de estructuras patológicas

que crea resistencias en el análisis y conflictos de adaptación en el paciente. Sólo analizando estas

formaciones de compromiso (Brenner, 1979) entre o dentro de las estructuras mentales se pueden

comprender aspectos complejos de la psicopatología como la reacción terapéutica negativa, el

narcisismo-masoquismo, etcétera.

Por lo tanto, existen conflictos en los diversos niveles organizacionales neurótico, limítrofe

y psicótico; algunas por fijaciones a etapas del desarrollo normal y en otros por la formación de

estructuras patológicas, no ausencia de estructuras. Por último, encontramos diferentes grados

de profundidad y aspectos tempranos y avanzados en cada síntoma, independientemente de su

3. IMPULSOS, AFECTOS Y COGNICIÓN

Una de las debilidades que más se ha criticado de la teoría psicoanalítica es su

concepción de los afectos, y hasta muy recientemente se ha empezado a considerar a la teoría

psicoanalítica como una teoría cognitiva (Bion, 1972; Bash, 1981; Imbasciati, 1989). Durante

mucho tiempo la explicación fue puramente clínica, asunto por lo demás importante ya que el

psicoanalista trabaja fundamentalmente con ideas y emociones de sus pacientes. Freud, en el

proyecto (1979), intentó darle un sentido neurobiológico a su teoría, pero luego lo abandonó

para centrarse en lo puramente psicológico y dejar a otros el desarrollo de estos aspectos.

En las últimas dos décadas ha aumentado la esperanza de integrar las bases psicobiológicas

con los avances de las neurociencias, en particular los estudios sobre sueños (Hobson, 1987),

neurofisiológicos (Bunge, 1985) y de biología molecular (Kandel, 1983) y neuropsicológicos

(Piaget, 1982); se puede tener un modelo más acabado para entender la esfera afectivo-cognitiva.

Aunque se debe tener cuidado de no quedarnos con reduccionismos simplistas derivados de

la “mitología cerebral”, tal como Reiser (1988) comenta:”las explicaciones psicobiológicas tal vez

nunca puedan aclarar satisfactoriamente los impulsos”, dado que estos son conceptos de un nivel

hermenéutico-simbólico (Ricoeur, 1970); sin embargo, se necesitan las bases desde el nivel de

inferencia biológico, como lo han desarrollado Kernberg (1979) y más recientemente Emde (1987).

5. EL DIAGNÓSTICO INTEGRAL

Desde el diseño multiaxial del DSMIII en 1980 se empezó a utilizar en la psiquiatría

académica un diagnóstico integral. Sin embargo, los autores de este manual a pesar de profesarse

ateoréticos excluyen los supuestos psicoanalíticos y le dieron un sesgo biologista y descriptivo.

Algunos años atrás, autores psicoanalíticos, entre ellos Kernberg (1979), Stone (1980) y Garza-

Guerrero (1989), comenzaron a utilizar un sistema de diagnóstico integral en psiquiatría y

psicoanálisis con el fin de darle un lugar preeminente al diagnóstico de la persona en su totalidad y

complejidad, enfatizando los niveles estructurales de la personalidad.

Este esquema incluye tres ejes: a) el diagnóstico descriptivo (sindromático o

fenomenológico) con el agregado de Stone (1980) de factores de predisposición biológica a

esquizofrenia y trastornos afectivos; más recientemente se podrían agregar tendencias familiares

a trastornos de angustia y adicciones; b) el diagnóstico caracterológico, que incluye los rasgos del

carácter normales o patológicos, en donde por así decirlo se asienta el síndrome del primer eje; c)

el diagnóstico organizacional o estructural, que divide el universo funcional de los pacientes en tres

subtipos: neurótico, limítrofe y psicótico. A este nivel se llega mediante una entrevista estructural

diseñada por Kernberg (1979) y que consta de quince variables definidas operacionalmente, las

cuales se enunciarán enseguida:

1. Inclinación psicológica (conciencia de enfermedad, motivación terapéutica, insight).

2. Sintonicidad-distonicidad (autoplastía-aloplastía).

3. Apreciación de la realidad (contacto, experiencia subjetiva y juicio).

4. Tolerancia a la ansiedad-frustración.

5. Control de impulsos.

6. Potencial sublimatorio.

7. Proceso primario-secundario (delimitación del ello).

8. Integración del superyó (culpa, valores, metas).

9. Mecanismos defensivos (represión-escisión).

10. Defensas caracterológicas (inhibitorias-reactivas).

11. Rasgos caracterológicos (predominantes, específicos, inespecíficos).

12. Integración de la identidad (adecuada, difusa, fragmentada).

13. Nivel de motivaciones instintivas (preedípico, edípico).

14. Calidad de relaciones objetales (adecuada, pobre, constancia objetal).

15. Fase de desarrollo (tareas de la infancia, adolescencia, adultez y senectud).

Este modelo ha sido usado en el departamento de Psiquiatría de la UANL desde 1977

(Garza-Guerrero, 1979), siendo sus aplicaciones el permitir mayor claridad en el diagnóstico y

para predecir consideraciones de tratamiento (psicoterapia analíticamente orientada-psicoterapia

de apoyo) y pronóstico en pacientes internados y ambulatorios, así como su utilidad en equipos

interdisciplinarios de evaluación (Riojas, 1985).

5. TEORÍA DE LA TÉCNICA

El manejo técnico de la situación analítica exige crear el encuadre necesario para que el

paciente pueda a través de la transferencia y resistencia darse cuenta con las intervenciones del

analista de sus conflictos inconscientes, sus alteraciones psicodinámicas y las consecuencias en

su adaptación; esto se logra en un marco anónimo, abstinente y neutral técnicamente y no con

una posición fría y distante como con frecuencia se ha malinterpretado, y todos estos recursos

se apoyan en la contratransferencia, intuición “domesticada, empatía y actitud analítica que se

adquiere en la formación”.

La visión del psicoanálisis como técnica terapéutica se ha hecho cada vez más compleja,

las modificaciones a la técnica como la introducción de parámetros en pacientes limítrofes

(Kernberg, 1979), la ampliación de los criterios de analizabilidad para incluir a pacientes graves

(Stone, 1954) y sobre todo, los modelos de la mente psicoanalíticos a los que un autor se adhiere,

han creado un campo de debate con pugnas ideológico-políticas entre los grupos y escuelas;

en muchas ocasiones sin hacer explícito que se modifica la técnica al utilizar una teoría, por

ejemplo, el dilema deficiencia-conflicto; el modelo linear-epigenético, la neurosis sintomáticas-

caracterológicas, etcétera.

UNA PERSPECTIVA PSICOANALÍTICA INTEGRAL EN LOS TRASTORNOS DEL CARÁCTER

En las ciencias de la conducta (psicología, psiquiatría y psicoanálisis) no existen axiomas

que sustenten la armazón conceptual que explique los fenómenos que estudia, a diferencia de

la física y la anatomo-patología. Lo único que se posee son teorías o modelos conceptuales

que se derivan de una tradición filosófica. El monismo psicofísico, el dualismo y la hermenéutica

son opciones epistemológicas que solas o combinadas dan cuenta del quehacer científico

del psicoanálisis. En la situación actual se han desarrollado cuatro teorías prevalecientes en

psicoanálisis: a) el modelo instintivo (Klein, Bowlby); b) el psicoanálisis del yo (Anna Freud,

Hartman); c) la teoría de las relaciones objetales (Jacobson, Klein, Mahler y Kernberg); y d)

psicología del self (Kohut). Existen otros tres grupos, aunque con menor fuerza: a) la escuela

lingüística (Lacan); b) la sociología (Fromm, Horney); y c) la escuela existencial (Caruso, Sartre);

(Freud, 1979; Klein, 1964; Bowlby, 1978; Anna Freud, 1977; Hartman, 1964; Jacobson, 1964;

Mahler, 1972; Kohut, 1986; Lacan, 1975; Fromm, 1981; Caruso, 1972; Sartre, 1989; Pine, 1988).

Algunos de los autores anteriores en realidad no han creado un esquema teórico completo

sino que han aportado a diversas áreas importantes, debido a que han estudiado “momentos” del

desarrollo o eventos de la clínica (Simmons, 1987).La idea es que ya es tiempo de volver a una

estructura coherente que Freud (1980) en su genialidad sistematizó en esquema de psicoanálisis.

Un grupo de autores de la literatura psicoanalítica internacional han intentado, desde una óptica

personal, participar en el saneamiento de la polisemia y la competitividad de diferentes modelos

de la mente dentro del psicoanálisis. El consenso general, como se pudo observar en el Congreso

Latinoamericano pasado en Brasil y el internacional de Roma, es que aun existiendo controversia

y por qué no, polémica, se cierren filas entre los diferentes esquemas y se integre a los aportes de

otras ciencias en una “Transdisciplinaridad” e interdisciplinaridad creativa. (Gisbert, 1989).

Entre los autores que se pueden mencionar que han deseado aportar al psicoanálisis un

esfuerzo “particularizante” (desarrollo de aspectos de la teoría) o “integracionista” (teoría general)

son: Freud (1979), obvio, el pionero y creador inicial; Klein (1964), Bion (1972), Anna Freud (1977),

Rapaport (1962), Hartman (1964), Mahler (1972), Engel (1962), y más recientemente Gedo (1980),

Wisdom (1984), Grottstein (1984), Kernberg (1979), y en este país, Ayala (1986), Palacios (1989),

Santamaría (1978), Solís (1989), Hinojosa (1988), Diaz-Conty (1988), Tubert (1985), Kolteniuk

(1976) y Garza-Guerrero (1989). Este listado en realidad es selectivo ya que muchos eminentes

analistas de todas latitudes sienten la necesidad de una perspectiva integral.

Ahora bien, ¿cuáles deberían ser los ejes conceptuales alrededor de los cuales giraría una

posible integración de la teoría psicoanalítica? Tal vez aquellos que puedan dar cuenta explicativa

de la mayoría de los fenómenos que estudia el psicoanálisis. Los siguientes enunciados se ofrecen

como una propuesta inicial que puede servir de guía, a saber:

1.Teoría de impulsos-afectos-cognición (psicobiológica-hermenéutica).

2.Teoría del desarrollo (normal, patológico, epigenético).

3.Teoría estructural (integrando tópica, dinámica y económica).

4.Teoría de las relaciones objetales (unidades self-Objeto).

5.Teoría adaptativa (intrapsíquica e interpersonal).

6.Teoría clínica (etiopatogenia, normalidad, psicopatología).

7.Teoría de diagnóstico integral (descriptivo, caracterológico, organizacional).

8.Teoría de la técnica (general y específica por niveles organizacionales y Dxs).

9.Teoría de grupos pequeños (psicoanalíticos, tarea, dinámica, pareja y familia).

10. Teoría general del psicoanálisis aplicado (antropología, sociología, religión, lingüística,

arte, ciencia y cultura en general).

Todos estos ejes teóricos serían organizados en un modelo coherente, congruente y

operativo, con criterios claramente demarcados y mutuamente excluyentes, con el fin de evitar

la polisemia, aunque sin perder de vista la necesaria ambigüedad para ver lo inconsciente

pero buscando aquellos constructos conceptuales de mayor poder explicativo y diferenciando

claramente los niveles de inferencia o abstracción que se usan para describir (fenomenología:

el qué), explicar (positivismo: el cómo) e interpretar (hermenéutica: el por qué). De esta manera

se evitaría la reificación y se podrían comprender en un modelo integrado los eventos mentales

conscientes e inconscientes, sueños, fantasías, estados afectivos y organizaciones subordinales

y supraordinales (estructura-carácter) y así finalmente llevarlos a su aplicación, por ejemplo

para evitar las diferentes formas de entender en estudios psicohistóricos, las interpretaciones de

pruebas psicológicas y los datos clínicos cuando se tienen orientaciones o “escuelas” distintas,

como sucede en la actualidad que formaciones diferentes conceptualizan de manera dispar y

hasta contradictoria cuando en ocasiones pueden ser equivalentes, aunque en otras no, y aquí

un esfuerzo de “diferenciación” conceptual es necesario, pero desde un marco general. Ahora, en

una época que la psiquiatría ha definido más los factores biológicos en diferentes enfermedades

(esquizofrenia, trastornos afectivos, angustia y adicciones) los trastornos del carácter siguen

siendo descritos de una manera más precisa por el psicoanálisis, esto es, lo verdaderamente

psicoanalítico y la investigación futura debe abocarse a dilucidar todo lo concerniente al carácter.

CASOS CLÍNICOS

CASO NÚMERO I:

Felipe vino a consultar referido por un colega que se disculpó conmigo por mandarme “esa

puñalada” de paciente. Único hijo de una madre abandonada, rígida y estricta. Había cursado

la carrera de Derecho pero casi no la ejerció y se dedicaba a un negocio de su familia. Casado

y sin hijos tenía serios conflictos con “sus mujeres”: su madre, su tía, su tía abuela y su esposa;

con intensos deseos por otras mujeres. Había padecido 21 años de un proceso esquizofrénico

con cuatro internamientos y una larga lista de psiquiatras en su récord. Hombre inteligente, con

rasgos obsesivos, defensivos de una estructura psicótica subyacente que se expresaba en delirios

sistematizados de persecución, celos y grandiosidad. Una psicoterapia psicoanalítica con un

encuadre flexible entre 1 a 5 sesiones por semana y manejo psicofarmacológico de base dieron

como resultado una estabilidad importante en sus delirios, hasta prácticamente su ausencia

en sesiones en el material y en los últimos tiempos se manejaba como un paciente neurótico

con conflictos maritales y aprendiendo a “torear” a sus mujeres. Importante fue el esfuerzo no-

comunicacional en las primeras etapas del tratamiento de 4 años, cuando para mi sorpresa la

familia comentaba los esfuerzos del paciente por aplicar lo visto en el tratamiento en relación

a manejar la simbiosis con la madre, moverse de la posición de chivo expiatorio de la familia y

patrones de identificación selectiva conmigo, así como el trabajo con conflictos edípicos derivados

de la necesidad de tener un hijo.

CASO NÚMERO 2:

Lourdes se cambió de ciudad y vino a consultarme para manejo psicofarmacológico

y continuar su “terapia” en su lugar de origen una vez al mes con su terapeuta. Se aclaró esta

extraña situación inicial y empezamos una psicoterapia psicoanalítica 3 veces por semana.

Padecía de severos síntomas obsesivo-compulsivos como ideas de matar a sus dos hijos o contar

continuamente, así como el intenso temor de salir a la calle para no ver a los hombres “en shorts”.

Se había sentido atacada por un socio homosexual, quien le había metido frases de doble sentido

en la cabeza y nadie le creía esto; además de una agorafobia disfrazada de “estados de mal

humor” que le impedían estar en lugares públicos. Era una estructura limítrofe típica con rasgos

histéricos. En la transferencia oscilaba entre deseos intensos de apoyo y severas ansiedades

de separación con ideas suicidas, hasta ideas persecutorias de que yo la veía como si ella fuera

homosexual. Tres años después, casi sin problemas obsesivos y con un manejo mejor de sus

fobias; ante la posibilidad de separación de su marido, presumiblemente homosexual (ausencia de

relaciones sexuales por 3 años) tiene una crisis y decide irse de la ciudad. Al volver, continuamos

en el proceso de manejar sus conflictos neuróticos y se vislumbra una eventual separación pero

ahora más adecuada; incluso se podían elaborar conflictos edípicos en el aquí y ahora en un nivel

simbólico y ya no tan infiltrados de identificación proyectiva aunque todavía sin poder dilucidar con

certeza los antecedentes genéticos.

CASO NÚMERO 3:

María fue referida por un colega para psicoanálisis, estaba por cumplir los 36 años, era

divorciada, casi madre soltera (vivió sólo meses con el marido), acababa de regresar del extranjero

donde realizó un curso de postgrado. Con evidencia de conflictos depresivo-masoquistas serios,

asentados en un proceso de transculturación en ascenso; vivía, igual que su hermano, profesional

brillante y sus padres, muy por debajo de sus posibilidades reales; lo más confuso eran cuadros

depresivos importantes de fin de semana asociados a una lista de “injusticias” y maltratos en sus

trabajos y por los hombres; sin embargo, con la grandiosidad de la “cenicienta” que les gana a

todas las mujeres del pueblo con el príncipe. Cuatro años después, en el análisis era evidente

la intensa neurosis transferencial que reflejaba una mujer madura, completa, disfrazada de

masoquista y con una mejoría importante en su trabajo y con muchos menos síntomas. Con la

expectativa de cambio estructural ya vislumbrada.

CASO NÚMERO 4:

Francisco, un doctor de 28 años, era un típico paciente que cumplía los más estrictos

criterios de analizabilidad. Con rasgos obsesivos y depresivo-masoquistas aparentes, provenía

de un padre anciano y una madre con enfermedad bipolar que por 30 años nunca se trató. Tenía

severas inhibiciones interpersonales, en particular con mujeres, y un estricto sentido de la moral;

el problema empezó al año de análisis, habiendo conseguido parejas y ya se había enamorado

de una prostituta, se hicieron evidentes sus rasgos esquizoides, su miedo a dañar con su amor y

finalmente, a pesar de querer integrar sus conceptos religiosos con el psicoanálisis usando citas

de Frankl, dejó el tratamiento y se fue con la “competencia” (un grupo religioso rígido); la única

hermana me comentó tiempo después: “Doctor, cuando Francisco estaba con usted, estaba mejor,

parece que quería a Gloria, ahora trae estampitas en la cartera y me pone las cruces por mi vida

CASO NÚMERO 5:

Pedro, ingeniero de 30 años, soltero, vino a análisis referido por su novia y su respectivo

analista. Me dije, “con este paciente me gradúo de analista”. Era evidente su estructura neurótica

con rasgos depresivo-masoquistas de alto nivel. Después de 4 años de análisis observamos cómo

un paciente sin síntomas, cuyo principal problema era su carácter, tenía tan serias dificultades

para cambiar, principalmente relacionado con sus rasgos pasivo-dependientes y fijaciones orales,

simbiotizantes con la madre que le impedían renunciar a esa “miel” materna y crecer y arriesgar en

el conflicto edípico y ansiedad de castración. Decíamos que él tenía como “esos tumores benignos

pero malignos por su localización”, por estar en el área de la voluntad para cambiar.

Como se puede observar en los diferentes casos clínicos, la necesidad de un diagnóstico

integral y una teoría integrativa basado en un análisis estructural dinámico nos puede permitir

el análisis de aspectos avanzados en pacientes psicóticos y primitivos en pacientes neuróticos,

es decir, la complejidad de los trastornos del carácter es tal que sólo así podemos entenderlos

adecuadamente.

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*Médico Psiquiatra. Candidato del Instituto de Psicoanálisis de ARPAC.

**Fecha original de presentación del presente trabajo fue febrero de 1990.