Asociación Regiomontana de Psicoanálisis A.C.

Revisión del concepto metapsicológico de la pulsión de muerte en la patología del cáracter

Dr. Prisciliano de León D.*

Dr. José Luis Saucedo R.*

Freud en su trabajo sobre la interpretación de los sueños (1900) esperaba poder llegar a

comprender las fases más tempranas del desarrollo filogenético y también del propio desarrollo

de la raza humana, descubrir lo anímicamente innato y poder reconstruir las fases más tempranas

y oscuras del desarrollo del ser humano, estableciendo enlaces entre lo biológico y lo emocional.

Fisher, figura destacada tanto en el psicoanálisis como la neurofisiología, intentó crear uno de

estos puentes y llenar las expectativas de Freud.

Fisher nos dice: “Entre los sucesos arcaicos conservados por el sueño, podemos agregar

ahora los períodos MOR, activados del arqueosueño, regulados por las partes viejas del cerebro y

nos remiten no sólo a la herencia arcaica de la humanidad, sino, aún más lejos, hasta la filogenia

de la especie humana” (Fisher 1973, p. 145).

El alcance de sus descubrimientos sobre el dormir y el soñar y los ciclos peneanos en el

hombre, y la difícil situación de poder explicar períodos del sueño, como en el caso de la angustia

en las pesadillas en la fase IV del dormir y el fracaso del yo para controlar angustia, constituye

una excepción de algún tipo a la teoría de la realización de deseos. Aunque él mismo, como

otros investigadores (Shur, 1966), no creen que operen más allá del principio del placer bajo el

predominio de la compulsión a la repetición como apoyo a la teoría del instinto de muerte (Freud

1920-1933).

Admite, al igual que Freud (1920, Más allá del principio del placer), que este tipo de

pesadillas obedece a una intención más primitiva que la de conseguir placer y evitar el displacer.

Laplanche y Pontalis (1977) nos comentan sabiamente: “Por lo demás estas dos

tendencias han continuado distinguiéndose, en la medida en que corresponden a dos tipos de

energía, una libre y otra ligada y a dos modos de funcionamiento psíquico (proceso primario y

proceso secundario).” Desde esta perspectiva, la tesis de pulsión de muerte puede verse como una

reafirmación de lo que Freud consideró como la esencia misma del inconsciente, en lo que éste

ofrece de indestructible y de arreal.

Freud asigna a la sexualidad (1938) que la meta de eros consiste en crear unidades cada

vez mayores y mantenerlas: es la ligazón; el fin del impulso de muerte es, por el contrario, disolver

los conjuntos y de este modo destruir las cosas. Ambos conceptos controvertidos y ambiguos.

Las distintas ideas sobre el narcisismo primario serían en Freud la mencionada en 1916,

Conferencias de Introducción al Psicoanálisis (1916-1917), Conferencia XXVI, la teoría de la libido

y el narcisismo: “La sexualidad es la única función del organismo viviente que se extiende más allá

del individuo y está involucrada con su relación con las especies. La catexia de energía que el ego

dirige a los objetos de sus deseos sexuales se denomina libido, a todas las demás, las cuales son

enviadas por los instintos de auto-conservación, se les llama interés”.

“En el soñador se restablece el estado original de distribución de la libido, es el total

narcisismo, en el cual el interés del ego y la libido, aún unidos e indistinguibles, residen en el ego

auto-suficiente. El narcisismo es el complemento libidinal del egoísmo. El egoísmo sólo toma en

cuenta el beneficio del individuo; cuando hablamos de narcisismo consideramos su satisfacción

Este concepto se transforma en Introducción al narcisismo (1914) como un complemento

libidinoso del egoísmo del instinto de conservación (p. 73) en donde se enfatiza el narcisismo a

las pulsiones sexuales, por oposición a las pulsiones de auto-conservación (J.C. Kusnetzoff, p.

100). Se retoma el concepto en Duelo y melancolía en 1917. Después en Psicología de las masas

y análisis del Yo (1921), en donde formula los dos tipos de identificación narcisista e histérica.

En el desarrollo libidinal del individuo, Freud reorganiza los conceptos de impulso de vida y como

exigencia clínica (Caso Schreber y El hombre de los lobos) concluye el impulso de muerte (1920).

En 1933 en Nuevas lecciones introductorias reaparece el concepto de narcisismo y desarrolla una

serie de planteamientos en los cuales queda enmarcado el ideal del yo, supeditado a las funciones

super-yoicas, pero donde nuevamente queda fuera el concepto de la pulsión de muerte que

planteara en el comienzo del desarrollo de la teoría analítica y que muy pocas veces es retomado

posteriormente.

Queda en definitiva como impulso de vida la suma de conceptos anteriormente usados

(pulsión de vida, pulsión sexual, pulsión de autoconservación, pulsión del Yo) en el trabajo de

1938, Esquema del psicoanálisis. En la teoría de los instintos define de nuevo la dualidad de

las dos pulsiones básicas, la pulsión de vida (la ligazón) y la pulsión de muerte, como deshacer

conexiones y destruir. Menciona también que la cuota total del libido disponible se almacena en el

yo, y a este estado se le denomina narcisismo primario y dura hasta que el yo empieza a catectizar

a las representaciones objetales con la libido, y transformar la libido narcisista en libido objetal.

A lo largo de toda la vida existe un inter-juego de retirada y depósito de la libido en el yo y de los

De los conceptos de muerte nos han hablado Bion en 1972, Klein en 1938-1968, los

conceptos de gemelo y figura especular representando a las partes proyectadas de la escisión

interna en la posición esquizoparanoide impidiendo el elaborar duelos y también como una forma

de conservar el objeto en sus partes buenas. En nuestro medio, Solís Garza nos muestra “El

narcisismo negativo” (1976), “El narcisismo negativo corporal” (1977) y “El duelo corporal de

los narcisos” (1982). Una revisión de conceptos como: la catectización del self en un mayor

porcentaje por tanatos que por eros, y una serie de elementos, a saber: a) un carácter narcisista, b)

disociación mente-cuerpo, y c) el predominio tanatos somático. También se incluye en concepto del

doble en la disquisición de Rank (1971): idéntico, anterior y antagónico, de donde los introyectos

somáticos cargados de afectos o del conflicto que personifica al doble antagónico, adicionando el

doble futuro (la senectud) y el inmortal, ambos conceptos desarrollados por Solís Garza.

En síntesis, nuestra idea sería que tanto por la vía de lo que Freud ya escribió, como

por la vía de la investigación neurofisiológica, apoyando a la teoría de los impulsos, junto a las

inquietudes de numerosos psicoanalistas (Bion W, Winnicott, Klein, Dupont M.A., Green A., Sami-

Alí, M. Masud y R. Khan), más nuestra experiencia diaria, nos llevan a replantear y a pensar en

la vigencia de la teoría de la pulsión como generadora de enfermedad y a reconsiderar cuando

menos en forma especulativa conceptos que se estiman conocidos u obsoletos.

La gravedad de la enfermedad del carácter, con sus variedades sintomatológicas, la

desesperanza llevada por la repetición, las tendencias sado-masoquistas y la destrucción son

sembradas a cada momento, coincidiendo su efecto y repercusión inmediatas de daño, dolor y

destrucción por el paciente y su incapacidad para modificarlas. Nos lleva a pensar que en las

patologías del carácter tanto en adultos como en jóvenes encontramos esta pulsión de muerte,

anclada desde donde nosotros las vemos, en el narcisismo primario.

En el carácter enfermo, la compulsión a la repetición, la tendencia auto destructiva, la

incapacidad de adaptarse y ante todo la tendencia de reducir las tensiones al nivel más bajo, muy

cercano al cero absoluto (1924, principio económico del masoquismo; principio ya mencionado en

la primera etapa de su construcción metapsicológica encontrada en el proyecto, 1895; principio de

la “inercia” y mostrando como este principio se convertía en una tendencia, la de mantener una

constancia, el nivel de tensión, Qn=0) junto con la envidia son síntomas fundamentales para la

comprensión clínica y su tratamiento.

Nos pone a pensar en un narcisismo letal, que emplee al paciente hacia una resistencia al

cambio. Siguiendo a Freud nos aproximamos a través de otras vías, como suele encontrarse en la

literatura y en la poesía.

EL CULTO DEL HÉROE

Así intituló Don Alfonso Reyes un trabajo que hiciera sobre la religión helénica, en donde

señalaba: “El héroe es el eslabón teórico entre el difunto y el Dios. Las tres jerarquías difuntos,

héroes y dioses coexisten en diversos grados del culto. Entre ellos se advierte un movimiento

interior, como cuando se mezclan líquidos de densidad distintas”. Señala la importancia de la

muerte y dice en sus notas sobre el rito fúnebre: “El antecesor difunto ampara la familia; el héroe

a la ciudad; el dios al mundo”. Se deja ver en sus notas que para los griegos el muerto no moría

del todo, seguía formando parte de la familia aunque supuestamente definían que “en principio,

pues, la muerte es un estado definitivo. El muerto se considera compuesto de un elemento material

y uno espiritual”, prosigue, “surge en la religión griega la necesidad de fantasear con el doble, con

el propósito de perpetuar en forma material al muerto, se eligen sucedáneos en la encarnación

zoológica, el doble escapa de su vestidura humana bajo la verdadera apariencia animal siendo

representada preferencialmente por la serpiente y el ave. La serpiente es símbolo de lo que vive

enterrado y también de lo que se rejuvenece y renace al mudar la piel. El ave corresponde a las

epifanías y figuraciones divinas en la remota cultura egea”.

“Son características de los héroes míticos de que se exceptúan los simples mortales

ascendidos a héroes-el ser hijos de héroes o bastardos de dioses” (p. 261).

En la teoría psicoanalítica sería traducido al concepto de narcisismo todo este

pensamiento filosófico literario de la cultura religiosa griega narrada por Don Alfonso. El concepto

de narcisismo en la obra de Freud varía de acuerdo al momento del desarrollo de la teoría

psicoanalítica. Se le consideró en un principio como sinónimo de perversión sexual, por la

predilección del sujeto por su propio cuerpo, término empleado por Freud y a su vez tomado de

Havelock Ellis y Nacke. Otros autores como Klein se han ocupado del desarrollo muy temprano

del humano, pero aunque se encarguen intensamente de hablarnos del impulso de muerte deja

de lado el concepto de estructura narcisista. Parece suceder en otros autores lo mismo, tal como

señala A. Green que “H. Rosenfeld intenta esta integración conceptual, que no es vista en H.

Segal, ni en Meltzer, ni en Bion y que sí dejan de lado desarrollos esclarecedores y profundos

como los de Winnicott y los de E. Jacobson cuya obra no es suficientemente apreciada” (p. 14).

Si las resistencias caracterológicas se arraigan en defensas narcisistas, será ésta la

intención en la técnica psicoanalítica del carácter el entender las mismas, particularmente es

nuestra intención buscar huellas de aquel concepto que Freud dijera en sus primeros desarrollos

sobre el impulso de muerte y del cómo se manifestaría posteriormente en el desarrollo de la

personalidad.

Sabemos que en la transferencia los narcisistas nos ignoran como si la presencia del

deseo estuviera centrado en sí mismos (Green, A. p. 18). El deseo implica la búsqueda del objeto,

la fusión con él mismo y después diferenciarse con su objeto primario para llegar finalmente

al principio de realidad. En esta interacción muy temprana, sujeto-objeto, en este movimiento

rítmico se va generando la adquisición del factor temporal así como espacial y el aprendizaje de la

postergación de la satisfacción.

Volvemos con el difunto. Se habló de un principio de identificación primaria a la cual se le

llamó narcisista, donde hay una amalgama indiferenciada del yo con el objeto a la que Winnicott

llamó objeto-subjetivo, y si este modo de identificación temprana así llamada narcisista persiste y

si hay manera de poderla rastrear hasta el período en el que “el yo se fusiona con un objeto que es

mucho más una emanación de él mismo que un ser distinto y reconocido en su alteridad” (Green,

A. p. 22), es también cuando en una fase inmediata posterior empieza el yo en un proceso muy

temprano a diferenciarse del no yo y que a su vez se encuentra muy propenso al impacto de las

desilusiones que se derivan con el objeto primario, pudiendo desencadenarse patologías severas

(autismo, psicosis, etcétera). La paradoja sucede tal como la referirá Freud, el objeto es fuente de

satisfacción y de conflicto con el yo y pareciera que desde el punto de vista económico una salva-

guarda para el yo es la solución hacia una situación neutra, es el anclaje de su seguridad.

Si la satisfacción del yo no incluye al objeto, la identificación narcisista ha rebasado la

relación con su objeto primario por las reiteradas decepciones que provienen del mismo o de las

figuras parentales o sustitutos, o bien, percibe en ocasiones una abierta actitud de amenaza por lo

cual la búsqueda de satisfacción se dará con base en la exclusión del objeto, creándose una zona

de vacío equivalente a la muerte, “la realización alucinatoria negativa del deseo se ha convertido

en el modelo que gobierna la actividad psíquica, no el displacer, lo neutro ha reemplazado al

placer; por ejemplo el ascetismo, la anorexia nervosa, etcétera” (Green, A. p. 23).

Esto nos lleva a un desarrollo conceptual, que de acuerdo con Green en la lectura que

hace de Freud, nos hablaría que desde el punto de vista del manejo de la excitación ésta es

llevada a cero (Freud, Una psicología para neurólogos, 1895); así pues el yo contemplado desde

este punto de vista se encuentra entre tendencias contradictorias con la realidad, o hacia un viraje

que lo lleva al estatismo petrificante, o bien la alternativa de la búsqueda de un objeto idealizado

encontrado en el “doble”. Por los trastornos que en el yo se observan se genera un fenómeno que

se ha dado en llamar “fenómeno especular” observado en sueños, fantasías, recuerdos infantiles

o en patologías muy regresivas. Estos fenómenos frecuentemente son vistos en personas con

problemas de identidad. O. Rank señala en el “doble” la función defensiva del yo que precisamente

ante la amenaza de muerte y por la fijación narcisista genera un fenómeno del doble, e intervienen

en este fenómeno mecanismos de división y proyección interna (María C. Melgar, p. 345).

En la literatura encontramos ejemplos muy acabados en donde se interpreta

espléndidamente el fenómeno del doble, o del espejo. Sin pretender abundar en los ejemplos

recordaremos a Borges quien alude al fenómeno de espejamiento tanto en su obra poética como

literaria en general; recordaremos esta rima del espejo (Borges, 1977, p. 538):

Yo temo ahora que el espejo encierre

el verdadero rostro de mi alma,

lastimada de sobras y de culpas

el que Dios ve y acaso ven los hombres.

El fenómeno del doble denotaría el “estado ideal del ser” y también, como antes se ha

dicho, aspectos amenazantes secundarios a la desilusión con el objeto primario donde se recreara

en la fase simbiótica.

En la obra literaria de O. Wilde, El retrato de Dorian Grey, muestra esta dualidad de

narcisismo al que Green, A. denomina “narcisismo de vida, narcisismo de muerte”, compartiendo

ambos la misma escindida identidad.

El análisis del carácter, así pues, es el análisis de la identidad. Winnicott enfatiza la

trascendencia de la relación madre-hijo, a la cual llama “relacionalidad básica del yo” (N. Yampey,

p. 372); cuando falta esta forma de relación se suscitan las alteraciones de la identidad como

resultado de una “presencia o ausencia de un sentimiento de realidad y de mismidad” (Yampey,

p. 372). Cuando el objeto primario no contiene al sujeto adecuadamente el narcisismo desborda

al objeto. Esta falta de contención proyecta la imagen de sí mismo creando un reflejo idéntico.

De este momento se derivan conceptos de espacio y tiempo en el vaivén relacional con el

objeto primario. El fenómeno especular genera imágenes idénticas si el objeto primario no es

indiscriminado de sí mismo, y no existe por ende distinción del adentro y el afuera. Esto se puede

ver con mayor claridad en el delirio, como es en el caso de Schreber que “devuelve el sujeto su

propia imagen porque está moldeada en la misma materia que él” (Sami-Alí, 1984, p. 34). Desde

el punto de vista de este autor toda proyección en un principio es hacia el soma y todo remite

a lo visual, “aún las voces” (Caso Schreber), e intercambia en este juego de lo indiferenciado.

Malcom Pines (p. 37) nos reitera esta idea cuando nos dice que los pacientes que exhiben

esta grandiosidad del self es como una actitud defensiva principalmente para mantener “una

cohesión del self, y que por tanto dependen de una confirmación del medio ambiente a través del

espejamiento de la existencia de este self grandioso”. Sin embargo, es importante tomar en cuenta

que este fenómeno de espejamiento se da en dos términos, recordando a Winnicott, si es sólo

el reflejo de sí mismo, como en el caso Schreber, o de las patologías psicóticas, o si rememora

el espejamiento del rostro materno, o sea un lugar “dentro de lo cual se mira” (Esperanza Pérez

de Pl , p. 89). Sabemos también que cuando hay un atore en el espejamiento, además de la falla

primaria con el objeto, es porque falta la presencia del padre el cual actuaría como irruptor de este

vínculo simbiótico, y queda sin expresión el mensaje edípico.

La proyección intensa hacia el exterior por falta de reconocimiento del objeto conduce

a estados de despersonalización por falta de interioridad de este objeto; el sujeto en tales

condiciones se vuelve “exterior a sí mismo” (Sami-Alí, 1984, p. 37).

Los mecanismos de escisión y de proyección se dan como hemos dicho en la paranoia,

en donde los objetos depositarios de esta proyección pueden no representar necesariamente la

cosa nombrada, es decir, pueden permutarse los objetos. En Shreber la percepción de dios que

es, “así dios no es una síntesis racional de los contrarios, sino una totalidad imaginaria cambiante,

inasible, sometida a presiones contradictorias, cada parte de dios es el propio dios, cada parte de

la totalidad es también la totalidad” (Sami-Alí, 1984, p. 40).

El fenómeno especular repetido al infinito, la imagen que es la misma imagen, y la

incapacidad de ser, o de indiferenciarse con el objeto primario (N. Masaud y R. Khan, p. 118),

nos habla de que el niño antes de pasar a la etapa de sujeto es objeto de una idolización, es

visto y tratado originalmente como un ídolo de tal suerte que encuentra terreno propicio en una

internalización patológica que refuerza mecanismos intra-psíquicos de naturaleza narcisista,

aprendiendo tempranamente esta disociación “en el seno de la experiencia de sí mismo”,

empobreciéndose los mecanismos reparatorios por falta de la percepción del objeto externo-

interno o utilizando sólo defensivamente este mecanismo reparatorio ante las tendencias

sádicas primitivas que son negadas por la madre, evitando la capacidad reparadora del hijo.

Estas observaciones las citan los autores antes mencionados particularmente en las patologías

tales como las perversiones, despersonalizaciones, etcétera. N. Masaud y R. Khan citan tres

componentes que el perverso establece consigo mismo y con su objeto, “a saber: la idolización,

la idealización y la identificación narcisista. En la idolización, el objeto es tratado como fetiche

sagrado. En la idealización sólo un aspecto del objeto se ve dotado de una cualidad muy intensa.

Finalmente, en la identificación narcisista, el objeto es utilizado como espejo de sí en un intento de

esconder sentimientos de inferioridad y de no valor” (N. Masaud y R. Khan, pp. 122-123).

La incapacidad de la percepción del objeto primario lo lleva a la expresión de un “amor

helado” (Green, A. p. 222). Por la desinvestidura que experimenta el sujeto y no tanto “por la

ambivalencia que se observa en el depresivo”, puede surgir en el coro defensivo del narcisista una

sexualización intensa que satisface deseos pre-genitales. También es cierto que la incapacidad

de distinguirse del objeto primario lo lleva al miedo de la confusión psicótica por la limitación de

la distinción de lo interno-externo, remitiéndolo a defensas anales para manutención de un orden

con la realidad, así pues “el principio del placer parece obrar por cuenta de la pulsión de muerte”

(Green, A. p. 257), aunque Freud a lo largo de su obra cambiara este concepto de angustia de

muerte por el de angustia de castración. Freud mismo nos habla del amor como un elemento

empobrecedor del narcisismo en vista de que la sobrestimulación del objeto limita al yo de esta

libido, en donde el narcisismo positivo “se debe aunar su doble invertido que propongo llamar

narcisismo negativo”, y en donde este último concepto conduce al elaborado por Bárbara Low del

Nirvana y que Freud señalara como el Qn=0, es decir, la libido llevada hacia su nivel más bajo;

en el dormir sin sueños cuya aproximación a este estado del Nirvana o del narcisismo primario,

representante las pulsiones de muerte, “el reposo mimético de la muerte” (Green, A. p. 260), que

se ejemplifica con el anoréxico cuya inhibición general lo conduce a la muerte.

En suma, el yo temprano que no ha logrado discriminación adecuada con el objeto

primario sufre, podemos inferir, una duplicidad con base en la exigencia intra-estructural (diferentes

instancias del aparato mental, en particular el ideal del yo) y la realidad misma. Basado en un

principio económico busca reducir su tensión interna al mínimo posible, buscando una solución

tentativa “a través de la síntesis de sí mismo” (Green, A. p. 151), y cuando éste falla viene como

consecuencia la identificación con el objeto y el anclaje libidinal encadenante con el mismo.

Sin embargo, debido al poco conocimiento que el sujeto tiene del objeto, éste se puede tornar

desconocido para él y por lo tanto no distinguiendo o deformado la realidad en base a las

proyecciones, que como en el caso Shreber se observan en el nivel delirante, en donde es de

suponer que el objeto externo ha dejado de ejercer una “función de espejo, de continente y de yo

auxiliar” (Green, A. p. 139). Remite como consecuencia de una decepción muy temprana con los

objetos parentales en donde con base en una inermidad del yo se genera una angustia regresiva

ante las amenazas de las necesidades pulsionadas ya mencionadas y contra el objeto primario.

Aparecen estados de gran angustia por la falta de continente especular; el mismo yo se ve

seriamente amenazado por las pulsiones de destrucción expresando intensamente un narcisismo

Si entendemos el narcisismo primario, como lo plantea Green (p. 126), veremos

involucrados, como creo que ha quedado escrito a lo largo de este trabajo, “a una totalidad auto-

suficiente e inmortal cuya condición es el auto-engendramiento, muerte y negación de la muerte a

Es pues necesario precisar, la patología del carácter es ante todo una falla en la identidad,

desde las fases más tempranas del desarrollo, y anclada en el narcisismo primario con una fijación

mayor o menor dependiendo de las series complementarias a la pulsión de muerte.

Finalizaremos este trabajo con un fragmento del cuento de Borges (1984, p. 14), “en

aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaba, como ahora,

incomunicados. Eran, además muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas.

Ambos reinos, el especular y el humano vivían en paz; se entraba y se salía por los espejos. Una

noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas

batallas las artes mágicas del emperador amarillo prevalecieron. Este rechazo a los invasores, los

encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los

actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles.

Un día, sin embargo sacudirán ese letargo mágico”.

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*Psicoanalistas titulares de ARPAC.

**Fecha original de presentación del presente trabajo fue febrero de 1990.